• Jesid A. Díaz

Un argumento modesto contra el aborto

Actualizado: 24 feb

Estoy persuadido de que el debate del aborto es de suma importancia. Igualmente, estoy seguro de que el debate no tiene, actualmente, un ganador definitivo en ninguno de sus bandos, y no tengo la arrogancia de pensar que pondré fin al debate con este breve artículo. Lo que me propongo, más bien, es considerar seriamente el valor de la existencia y su conexión con el arraigo moral propio de la existencia propia y, por qué no, de los demás. Así que si bien el argumento que articularé en las siguientes líneas no será la palabra final al debate, me uno al coro creciente de mis amigos y compañeros de milicia cristianos que luchan contra lo que piensan es un rival formidable a la moralidad cristiana. Esto, sin embargo, requiere ciertas puntualizaciones.



Primero, ¿es el aborto un asesinato? Esta pregunta no es fácil de responder, y difícilmente tendrá acuerdo universal. Puede ser, por ejemplo, relativa a la jurisprudencia de cada país, o al menos dependiente de ciertas posturas sobre el problema mente-cuerpo[1]. Por tanto, sugiero que la vía para la resolución del debate del aborto debe seguir otro camino. Mi argumento general no depende de los detalles relativos a este debate.



Segundo, ¿un cristiano debe rechazar el aborto? Pocas veces me siento confiado al declarar lo que todos los cristianos deben creer. Pero muchos cristianos (no todos) creen que el aborto es una amenaza al señorío definitivo de Dios Todopoderoso, dado que atenta contra la vida, y Él es la fuente de la vida. O tal vez dirán que el feto, de hecho, ya es una vida, lo que implica que la interrupción voluntaria del embarazo es una afrenta moral. No obstante, confío en que no todos los cristianos negaremos que hay algunas formas en las que el aborto puede ser permisible. Por ejemplo, un embarazo ectópico, donde clínicamente una interferencia del tipo relevante al presente debate es médicamente recomendable.



Tercero, ¿es el aborto un mal moral, como se dice, o un asunto de salud pública? Mi respuesta es, sin duda, ambas. Es un mal moral, por razones varias (que no discutiré aquí). Y es un asunto de salud pública por razones obvias, por ejemplo, la cantidad de casos de sufrimiento psicológico o físico relacionados a las variedades del aborto.


Puestos en marcha, pues, podemos proceder. Y esto comienza así: Postulemos el siguiente principio acerca de la identidad personal,


  • (A) Una condición necesaria de mi existencia es la existencia de mi cuerpo[2].


Para estar seguros, (A) es un principio ampliamente discutible. Esto seguramente tiene que ser aceptado por los materialistas o la variedad que dicen que la persona es su cuerpo, así como por epifenomenalistas y conductistas, que dicen que la mente resulta de ciertos aspectos del funcionamiento del organismo biológico. Aún más, la tesis tiene que ser aceptada por algunos filósofos que asumen perspectivas más o menos dualistas. Tomistas, por ejemplo, sostienen que el alma, como una forma, es individualizada por la materia que ella forma; el alma se crea como el alma de este cuerpo particular. Para negar esa tesis, se tiene que asumir que el alma tiene una identidad propia que es al menos temporalmente previa al cuerpo[3].


Ahora bien, como fue reconocido desde la formulación original de (A), es necesario que los individuos que somos ahora sean tales por una herencia genética idéntica, lo que es necesario de la identidad personal. Si tuviéramos una herencia genética distinta, no seríamos idénticos a nosotros mismos. Y esa herencia genética particular viene, claro, con nuestros padres particulares.


Hasta aquí prevengo pocas objeciones. Pero la historia continúa. Tenemos los mismos padres que de hecho tenemos para poder ser nosotros mismos. Ahora, planteemos la siguiente pregunta: ¿Estoy feliz de existir? Antes de responder, medítelo unos momentos. La pregunta no es si estoy feliz de tener la vida que tengo, o de tener la familia que tengo, o de tener los amigos que tengo, aunque evidentemente todo esto influirá de una manera u otra para la respuesta a la pregunta. Más bien, la idea es: Si pudiera elegir no existir en lugar de existir, ¿eligiría la no existencia? Bueno, ¡supongo que el hecho de que aún existas es un indicio para responder esto![4]


Seguramente la felicidad involucra, al menos por momentos, emociones relacionadas comúnmente a la felicidad. Pero no siempre puede ser así. A veces en el discurso ordinario, decimos que estamos felices por alguna situación particular, aunque realmente no tenemos alguna emoción fuerte en juego. Estoy feliz de que haya llovido esta tarde, al menos en el sentido de que hubiese preferido la lluvia, a que no lloviese. Además, la preferencia por la mera existencia es perfectamente compatible con los largos periodos de ansiedad o tristezas en la vida, donde el valor de nuestra vida misma puede estar en entredicho.


Con estas piezas en orden, vuelvo a preguntar: ¿Están felices de existir? Cuando consideramos las cosas no por sus partes divisas, sino por el valor general de nuestro paso por el mundo, creo que es difícil decir, con total consistencia, que hubiesen preferido la inexistencia. Dicho esto, podemos continuar. Considere el siguiente principio:


  • (B) Si me alegro de que P racionalmente no puede estar triste que P.[5]


Evidentemente, uno puede tener sentidos de tristeza y alegría ante un mismo evento. Muchas veces tendríamos ese sabor agridulce ante ciertos eventos. Pero “felicidad” en el sentido relevante para esta discusión no da pie para la negación de (B), como se vislumbra en la siguiente versión:


  • (B*) Si prefiero P en t, racionalmente no puedo preferir ~P en t.


Así que, como vamos, parece que las piezas están aseguradas en su sitio. Prosigamos, pues, con otro principio:


  • (C) Si estoy en general feliz de que P, y sé que P implica Q, tengo que ser razonablemente feliz en general de que Q.


En apoyo a esto, se dice que:


Esto es fácil de demostrar, dadas las definiciones anteriores. Pues supongamos que me alegro en general de que P, pero no me alegro en general de que Q, donde Q es un estado de cosas que sé que está implícito en P. Si yo me arrepiento de que Q, esto es inconsistente por definición con que me alegre en general de que P. (Por supuesto, puedo "arrepentirme" de que Q, pero esto es consistente con que me alegre en general de que Q). Supongamos, sin embargo, que estoy circunstancialmente contento de que Q. Entonces hay algún estado de cosas R tal que sé que si R no se obtuviera tampoco Q, y yo lamento que R. Pero como P implica Q, se sigue que si R no se obtuviera tampoco P. Y esto, una vez más, es inconsistente con la suposición de que estoy contento en general que P.[6]

Ahora bien, ¿qué hacemos con estos ingredientes? Como ya hemos establecido, estamos felices de nuestra existencia. Igualmente, si estamos conscientes de que P implica Q, y estamos felices con P, estamos de alguna forma contentos por Q, y es difícil negar esto sin negar que estamos felices de que P. Por tanto, podemos establecer que (siendo “P = mi existencia”, “Q= mi cuerpo”, “R= sobrevivir al estado de embarazo”):


  • (D) Si estoy feliz de que P, y P implica Q, y Q es cierto si y solo si R, entonces R es un elemento indispensable para P, y no podemos estar felices de P sin estar felices de R.


Esto, claro, parece una inferencia legítima dados nuestros supuestos que parecen poco cuestionables racionalmente. Así, entonces, tenemos que (D) implica que estamos felices de haber sobrevivido exitosamente al embarazo. Esto quiere decir que nosotros no hubiéramos querido que nos abortaran, dado que si nos hubiesen abortado no existiríamos, y estamos felices con nuestra existencia. Por tanto, no podemos racionalmente estar felices (o preferir) por el aborto.


Y ahora queda una cuestión más: ¿Podemos estar felices con los abortos de otras personas? Aquí sugiero otro principio adicional, a saber,


  • (E) Normalmente, si estamos felices de Z, preferiríamos que otros también compartan Z si esto es posible para ellos, y no acarrea un mal tal que Z no implique felicidad para ellos.


(E), sostengo, es un elemento importante en la práctica de la solidaridad común, donde queremos alcanzar la maximización del bien general alcanzando un estado confortable para la mayoría de personas. ¿Podemos entonces rechazar E? No de forma plausible, o al menos no de forma tal que se socave gran parte de nuestras intuiciones más básicas respecto al cuidado al prójimo, caridad humana, altruismo, y solidaridad. Preferimos, por ejemplo, que no haya guerra en Oriente, dado que podemos disfrutar de los beneficios de la paz (al menos, en la medida de lo posible). Preferimos compartir nuestra música favorita con nuestros amigos, si pensamos que pueden gustarles tanto como a nosotros. Compartimos nuestros bienes económicos a las personas que amamos cuando los vemos en crisis financieras, etc. ¿Cómo negar (E)?



Lo importante es que, aplicado al aborto, ya sabemos que la existencia es algo que preferimos a no preferirlo. Por tanto, dado (E), preferiremos que otros seres posibles que ya sean engendrados igualmente disfruten de la existencia; incluidos sus sabores amargos, agridulces, y bueno, también los más placenteros. Además, (E) está redactado de forma tal que es compatible con algunos contraejemplos donde el aborto puede ser permitido. Por ejemplo, el embarazo ectópico que mencionamos al inicio de este artículo. En estos casos, hay una alteración en el proceso que no hace preferible la gestación del embarazo. O casos donde el niño a nacer tenga una enfermedad especialmente grave, de forma que comprometa su propia vida en algún sentido importante (dado que entonces la existencia no sería feliz para él, incumpliendo así la última cláusula de E).


En este punto ¿qué pudo haber salido mal? Supongamos que un proaborto lee esto, y señala que hay errores importantes. ¿Cuáles pueden ser? Sin duda, el argumento general ha sido construido de forma tal que es, sin duda, informalmente válido y con principios generales plausiblemente ciertos con independencia al debate del aborto, y cuya negación implica tensiones prácticas y racionales. El resultado que tenemos podría ser variado: Se puede decir que, dado un embarazo no deseado, entonces el estado de gestación será una causal de desdicha para la madre, haciendo preferible la interrupción del embarazo. A esto respondo que no es una impugnación a la preferencia por la vida, porque constituye un caso local de infelicidad en lugar de una preferencia general sobre los estilos de vidas particulares. Con esto no quiero menospreciar la infelicidad que una mujer pueda sufrir. Mantener una optimización de las mujeres en embarazos críticos es tan importante como mantener el embarazo mismo.


Por otro lado, algunas otras objeciones pueden radicar en la subjetividad de mi argumento general. Simplemente, algunos pueden no estar felices con su existencia, o tal vez con la existencia de los demás, y eso es todo. Debo confesar que tal actitud me preocuparía, pero es cierto que el presente razonamiento tendrá fuerza para un número particular de personas. Si este es un grupo numeroso o no, no lo sé. Pero sugiero la viabilidad de la metodología que he adoptado aquí debido a lo que parece un claro fracaso dialéctico de los argumentos más estrictos. Para ser claros, muchos de estos argumentos son ciertos y altamente plausibles. Pero el debate ha mostrado sobrevivir a eso, y por tanto “bordear el territorio” con otras metodologías de persuasión puede no ser un mal camino a seguir.


Como sea, creo que este razonamiento es sólido. Me convence a mí así que si tú, querido lector, no estás de acuerdo conmigo espero algunas razones claras por las cuales estoy equivocado. Hasta entonces, ¡salvemos las dos vidas!




NOTAS:

[1] Mientras que un materialista no tendrá razones, al menos no fuertes, para pensar que el aborto equivale a asesinato, un dualista de sustancias sí puede creerlo justificadamente. [2] Este principio fue formulado por primera vez en Hasker, W. (1981). On Regretting the Evils of This World. The Southern Journal of Philosophy, 19(4), 425-437. Hasker está en una discusión diferente, por lo que los principios que tomo prestados de él serán usados con fines distintos. Debido a esto, mi nomenclatura de los principios será ligeramente distinta. [3] Probablemente alguna variedad de dualistas se sientan cómodos con esto. Si es así, (A) podría ser reformulado como sigue: (A´) El cuerpo es una parte indispensable de mi existencia actual. (A´) es, a todas luces, cierto. Su negación exigirá una argumentación formidable, si no estrictamente contra (A´), sí contra posiciones como las variedades de idealismo que podrían implicar su falsedad. [4] Esto, por supuesto, bajo la condición ceteris paribus. Una persona con depresión puede tener razones psicológicas para preferir la no existencia, pero de todo corazón deseo que los tales consideren que el mismo hecho de luchar contra la depresión (o contra cualquier trastorno psicológico o enfermedad física) es un signo de que, de hecho, si están felices con su existencia. [5] Nuevamente soy aquí dependiente de On Regretting the Evils of This World. [6] On Regretting the Evils of This World, p. 430.

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