• Jesid A. Díaz

Quédate


Por qué deberías pensar otra vez si deseas quitarte la vida


Este artículo es una súplica que va dirigida a cierto tipo de personas. Va dirigida a las personas que, como yo, luchan constantemente con la ideación suicida y la depresión. Como has podido observar, esto no será solamente un escrito filosófico sino increíblemente personal. Para comenzar, permíteme unas notas autobiográficas.


Muchos ya saben mi nombre, así que no lo repetiré aquí. De cualquier forma no es algo tan importante. Baste saber que fui educado por una devota madre cristiana evangélica; su corazón nunca escaseó en amor, bondad y sacrificio por sus hijos. En mi opinión es una ideal del amor sacrificado, el tipo de amor que todos en algún momento aspiramos a gozar o entregar pero que pocas veces realmente podemos. Me educó como un buen cristiano, y siempre he sido uno. Muchas veces he sido feliz pero, de hace varios meses hacia acá, no tanto. De hecho es mucho más frecuente encontrarme “estable” o “luchando contra las emociones desagradables”. Las razones de este declive fueron variadas y no entraré en ellas ahora (puede que más adelante comentemos un poco al respecto).


Un día estaba especialmente triste y desanimado. Recuerdo haberme levantado con los hombros caídos por la mañana, de forma que mis padres me preguntaron si todo estaba bien. “Claro”, respondí, “solo creo que no dormí bien”. Ahora normalmente ese tipo de respuestas pueden funcionar si siempre te has caracterizado por ser alguien estridente y sonriente (como lo soy) pero con fugaces días de tranquilidad. En su momento esto me ayudó a desviar la atención, pero todo el día fue de esta manera. No importaba lo que me decían o qué hacía o dónde estaba: El color simplemente parecía haberse ido. El sol, las nubes, los árboles. De repente todo me parecía vacío y sinsentido; lo recuerdo aún como una amalgama de desastres emocionales silenciosos. El día terminó y dije “esto es normal, no siempre debemos ser felices. Mañana estaré mejor”. Pero no lo estuve.



Los días siguientes a eso solo empeoré. Ahora las personas me empezaban a irritar; en lugar de trabajar y estudiar solo quería encerrarme en mi habitación a dormir por horas y horas. Simplemente deseaba “desconectarme” de la realidad. Estaba desganado todo el día, aunque por momentos podía sentirme mejor. A la luz de todo esto mi reacción era el llanto. Le pedí a Dios. “Señor de mis días, mi amigo más perdurable”, decía mientras mi corazón se deshacía dentro de mí en llanto. “¿Podrías ayudarme a sentirme mejor?”. Otra vez no hubo mejoría.


Más adelante llamaría a estos días “Días Grises”. Se me pasó la sensación algunos días luego, pero desde entonces se ha vuelto recurrente y cada vez más extensos en el tiempo (inició como unos días, pero ahora puedo durar semanas en ese estado). Muchas veces contemplé, razoné e ideé mi muerte. En realidad, la había planeado en diciembre de 2021 para aproximadamente las fechas de marzo de 2022. Organicé la forma, el tiempo y el lugar donde debía suceder para que no fuera interrumpido: Según mis cálculos las personas, incluso la más allegada a mí, se darían cuenta al menos un día y medio luego de mi defunción. Y claro, escribí mis cartas de despedida. Posteriormente describiría esta sensación a través de una metáfora: Un día gris es como estar al fondo de una piscina muy profunda. Te estás ahogando, y puedes ver la superficie (incluso los rayos de luz que atraviesan la superficie del agua) pero eres incapaz de dirigirte hacia allá. La luz no te alcanza y aunque puedas verla, solo vives en la oscuridad.


Siempre estuve algo molesto por esta idea de larga data entre cristianos que afirma que un cristiano no se suicida. Hasta donde yo podía ver, era cristiano y me iba a suicidar. No encontraba alguna razón que evidenciara que ambas cosas eran mutuamente excluyentes, pero sí implicaban cierta marginalización: Nunca podría ser completamente honesto con mi comunidad espiritual porque muy probablemente solo encontraría frío escepticismo y una puesta en duda de mi integridad como hijo de Dios. Así que llevé mi calvario solo (incluso encontré mucho más consuelo en uno de mis mejores amigos ateos, Ed Islas, que en la mayoría de cristianos).


Todo estaba definido para que yo perdiera la vida. No encontraba ninguna razón para seguir en un mundo donde simplemente no me encontraba apto. “La vida no es para todos”, solía contar a los pocos que me acompañan en este proceso, “y definitivamente no es para mí. Y eso está bien”. Sin embargo, un suceso inesperado a finales de enero de 2022 me hizo reconsiderar este asunto seriamente. En un video encontré cómo una persona luchaba por su vida debido a su hermano pequeño, a quien adoraba. Y yo pensé en si había alguien por quien debería luchar. No encontré a nadie especialmente fuerte; mi razonamiento era así: soy amado por mis amigos, pero no soy indispensable para ellos. Eventualmente se acostumbrarán a mi ausencia. Así que, con el tiempo, algo que me evitaría el horror de seguir con este exceso emocional y ellos estarían bien. Incluso en el caso de Dios, no soy necesario para sus planes. Puede fácilmente usar a otra persona incluso mucho mejor que yo para sus fines. Pero luego un hecho ineludible me golpeó: Debo vivir por mí mismo. Nadie más puede vivir como yo podría vivir. Para mi propia vida sí soy indispensable. De esta forma fue que un hecho de sentido común me impulsó a reconsiderar el suicidio que iba a cometer y me ayudó a decidir darme una “segunda oportunidad”. Y me costó otro proceso que no describiré aquí, pero el resultado es que entré a terapia psicológica y me rodeé de una nueva cantidad interesante de personas que aportan una cosa distintiva a mi vida.


Sin duda sigo en este proceso. Pero me he decidido compartir esto para que los cristianos que suelen tener pensamientos suicidas sepan que no están, y nunca estarán, solos. Estoy con ustedes como alguien que sigue luchando por esto.



¿Es el suicidio inmoral?


Esta es una pregunta filosófica muy intrigante, por cierto. A nivel filosófico, los principios de autonomía personal son muy respetados y valorados. El respeto por las decisiones libres parece intrínsecamente valioso, aunque puedan haber instancias donde agentes morales deban ser privados de tal libertad. Para algunos filósofos[1], el error del suicidio se debe ver a la luz de dos factores: (a) deberes con el “yo futuro” y (b) los efectos de nuestras vidas sobre los demás. Respecto a (a), la idea parece ser que como nuestro “yo futuro” solo puede existir debido a la supervivencia de nuestro “yo presente”, y como la vida puede llegar a ser mejor, entonces tenemos cierto deber de sobrevivir. Sobre (b) se habla de los perjuicios que nuestra muerte puede generar a los allegados. En lo personal estas razones no me convencen porque, en principio, la vida sin duda puede ser mejor pero también puede ser peor. Adicionalmente, incluso concediendo que tengamos cierto deber hacia el “yo futuro” no es claro por qué deberíamos seguirlo en primer lugar (aquí podríamos discutir la noción kantiana del deber propio). Sobre (b), Cholbi dice que:


Sin duda el suicidio de un familiar o ser querido produce una serie de efectos psicológicos y económicos nocivos. Además del dolor habitual, los “sobrevivientes” del suicidio se enfrentan a una serie compleja de sentimientos. ... . El suicidio también puede causar un claro daño económico o material, como cuando la persona suicida deja atrás a personas a su cargo que no pueden mantenerse económicamente. Por lo tanto, el suicidio puede entenderse como una violación de las “obligaciones de rol” distintivas aplicables a los cónyuges, padres, cuidadores y seres queridos. Sin embargo, incluso si el suicidio es dañino para los miembros de la familia o los seres queridos, esto no respalda una prohibición absoluta del suicidio, ya que algunos suicidios no dejarán sobrevivientes, y entre los que lo hacen, es probable que el alcance de estos daños difiera de tal manera que el más fuertes son estas relaciones, cuanto más dañino es el suicidio y más probable es que sea moralmente incorrecto. Además, desde una perspectiva utilitaria, estos daños tendrían que sopesarse frente a los daños causados ​​al posible suicidio al continuar viviendo una vida difícil o dolorosa. A lo sumo, el argumento de que el suicidio es un daño para la familia y los seres queridos establece que a veces es incorrecto[2].

Esto me parece plausible, pero aún no me queda claro la razón por la que esto, una vez muertos, siga ejerciendo una corrección moral sobre las personas. O más puntualmente, por qué deberíamos pensar en eso a la hora de elegir si seguir viviendo o no. Sospecho, además, que el argumento de la analogía del violinista a favor del aborto propuesto por J. J. Thomson[3] muestra una debilidad en este punto. Al igual que en el caso de Thomson donde las mujeres pueden elegir “no ser buenas samaritanas” para prestar su cuerpo para albergar otra vida por nueve meses, el suicida puede elegir no ser un buen samaritano y ser indiferente ante la importancia suya para otras vidas. Rechazo el argumento de Thomson, pero no por esta razón.


¿Qué otra razón puede haber para rechazar el suicidio? A nivel deontológico se conoce el argumento de “santidad de la vida”, donde la vida al ser inherentemente valiosa debe respetarse. Igualmente se han señalado algunos problemas con este argumento: Por un lado, sus defensores deben demostrar que es coherente con la justificabilidad de otras formas de matar que muchos han considerado defendibles, como matar en tiempo de guerra o matar en defensa propia. Por otro lado, es posible cuestionar la inferencia de la santidad de la vida a la inadmisibilidad moral del suicidio. Aquellos que se involucran en conductas suicidas cuando su futuro promete ser extraordinariamente sombrío no parecen mostrar una consideración insuficiente por la santidad de la vida. De hecho, como Cholbi ha argumentado, el suicidio puede afirmar el valor de las vidas humanas en aquellas circunstancias en las que las condiciones médicas o psicológicas reducen a las personas a las sombras de sus antiguos yoes totalmente capaces[4].


Hay otros argumentos que podemos considerar, pero que me parecen innecesarios aquí. Uno, sin embargo, me parece racionalmente satisfactorio. Este argumento, el llamado Argumento de la Comunidad, proviene originalmente de Aristóteles (aunque con bases en Platón). Este argumento tiene varias versiones. Considere la versión basada en la reciprocidad:


Una modificación de este argumento afirma que el suicidio viola el deber de reciprocidad de la persona hacia la sociedad. Desde este punto de vista, un individuo y la sociedad en la que vive mantienen una relación recíproca, de modo que, a cambio de los bienes que la sociedad ha proporcionado al individuo, éste debe seguir viviendo para proporcionar a su sociedad los bienes que esa relación exige. Sin embargo, al concebir la relación entre la sociedad y el individuo como de naturaleza cuasi-contractual, el argumento de la reciprocidad revela su principal defecto: las condiciones de este "contrato" pueden no cumplirse, y además, una vez cumplidas, no imponen más obligaciones a las partes. Como señaló el Barón d'Holbach (1970, 136-137), el contrato entre un individuo y su sociedad es condicional y presupone "ventajas mutuas entre las partes contratantes". Por lo tanto, si una sociedad no cumple con sus obligaciones en virtud del contrato, a saber, proporcionar a los individuos los bienes necesarios para una calidad de vida decente, entonces el individuo no está moralmente obligado a vivir para corresponder a un acuerdo del que la sociedad ya ha renegado. Además, una vez que el individuo ha cumplido con sus obligaciones en virtud de este contrato social, ya no tiene la obligación de seguir viviendo. Por lo tanto, los ancianos u otras personas que ya han hecho contribuciones sustanciales al bienestar de la sociedad estarían moralmente autorizados a suicidarse según este argumento.[5]

Esta versión contiene esta debilidad, por supuesto, porque es poco probable que la mayoría de sociedades cumplan con su “parte” del contrato social. Para Aristóteles, sin embargo, la relación es más moral que contractual:


Una persona que se corta la garganta en un ataque de ira lo hace voluntariamente, en contra de la recta razón, y la ley no lo permite; por lo que está actuando injustamente. Pero ¿hacia quién? Seguramente hacia la ciudad, no hacia sí mismo, ya que sufre voluntariamente, y una especie de deshonra recae sobre la persona que se ha eliminado a sí misma, por haber cometido una injusticia contra la ciudad.[6]

Jennifer Hecht explica que:

Aristóteles es claro en su rechazo al suicidio, no expresa simpatía por la víctima ni dice claramente lo que le falta a la ciudad cuando pierde a un hombre o a una mujer de esta manera. Aún así, es un comienzo eminente para el desarrollo de la idea de que todos nos necesitamos unos a otros y que el suicidio está mal porque cada uno de nosotros nos importa a todos. Aristóteles dice que el suicidio es contrario a la regla de vida y es injusto para la comunidad[7].

En sí, siguiendo al filósofo judío Maimónides, la idea ética del Argumento de la Comunidad es que “el que se destruye a sí mismo, destruye al mundo”.


Este razonamiento puede parecer dudoso para el occidental moderno. Después de todo, el individualismo ha marcado nuestra filosofía de vida de formas increíblemente absorbentes. Pero considere, el que tiene este rechazo prima facie, si las premisas en las que se basan no son éticamente adecuadas: Una vez considerado que todos estamos interconectados con nuestras comunidades, el apego y la fuerza se sostienen. En psicología usualmente se habla de las “redes de apoyo”, personas cercanas a ti que constituyen una telaraña gruesa de afecto y atención caracterizada por la reciprocidad. Estas personas son partes de nuestras comunidades, y más allá de ellas, el funcionamiento en sí de la sociedad.


Como cristiano creo que Dios es el fin de unidad definitiva. La Biblia expresa que “Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos” (Hebreos 17:28). Incluso si fuera débil la idea de que somos necesarios para nuestras comunidades sociales, aún seguiría siendo cierto que somos importantes en nuestras comunidades espirituales. Somos parte del Cuerpo de Cristo, interconectados cada miembro, llamados a reconciliar. El apóstol Pablo expresó que debemos “sobrellevar las cargas unos a otros, cumpliendo así la Ley de Cristo” (Gálatas 6:2).


De esta forma, pues, nos encontramos con que es plausible suponer que el suicidio bien puede ser una medida no condenable basados en la propia persona individual, pero esta conclusión no se sigue considerando la comunidad en la que vivimos. Un punto importante aquí, me parece, es distinguir entre motivos existenciales para vivir y motivos filosóficos para vivir. Si bien creo que el Argumento de la Comunidad es un buen motivo filosófico para vivir, puede que no sea una buena razón existencial. La decisión de esto queda al lector.



Primeros Auxilios psicológicos en ideación suicida

El divulgador Andrew Solomon, en su libro El Demonio de la Depresión, inicia su investigación señalando que “la depresión es una grieta en el amor”[8]. Explica un poco la idea de depresión con una historia:

Cuando se le preguntó a san Antonio cómo pudo distinguir en el desierto a los ángeles que acudían humildemente a él de los diablos que se le presentaban ricamente ataviados, replicó que uno podía darse cuenta de la diferencia por la forma en que se sentía después que ellos se habían marchado. Cuando un ángel se marchaba, se sentía fortalecido por su presencia; cuando el que partía era un diablo, sentía horror. La aflicción es un humilde ángel que nos infunde fuerza y nos concede pensamientos claros y la sensación de nuestra propia dimensión. La depresión es un demonio que nos deja consternados.[9]

En este espacio no puedo dar una explicación conductualmente detallada de lo que normalmente llamamos “depresión”[10]. En sí, no todos los que están deprimidos se suicidan, y no todos los que tienen ideación suicida necesariamente están en depresión. Pero la yuxtaposición de ambas es suficientemente fuerte como para hablar de esto.


Primero, unas aclaraciones generales. Las emociones humanas son todas buenas, en el sentido de que cumplen una función adaptativa sin la cual nuestra supervivencia estaría en riesgo. Incluso la tristeza o la ansiedad, que tanto evitamos, cumplen funciones adaptativas a pesar de que sean desagradables. Esto implica que la distinción entre emociones negativas/positivas es una idea trasnochada que debe abandonarse. Lo más correcto sería hablar de emociones agradables/desagradables, en el mejor de los casos. Para ilustrar esto, Matos explica:


En algún punto de esta evolución estas emociones han sido útiles para la supervivencia. Por ejemplo, en el caso de la ansiedad y del miedo. Somos los nietos de los nietos de los nietos (así, miles de años) de los que experimentaron estas emociones al ver una alimaña acechar. Esta emoción los preparaba para salir corriendo y evitar el contacto con estos bichos. Los que no sintieron miedo fueron su comida y no pudieron reproducirse.[11]

Incluso hoy, emociones como la tristeza cumplen papeles importantes:

En el caso de la tristeza, la principal función que cumple es la de reducir actividad para conservar energía. Hay dos situaciones que hacen que se dispare: la pérdida de algo o de alguien (puede ser un familiar, una mascota, un empleo, una oportunidad, el estatus, el ocio, etcétera), o la percepción de poca eficacia (por ejemplo, cuando nos sale mal una entrevista de trabajo o un examen al que habíamos dedicado mucho tiempo).[12]

Así, pues, ¿qué son las emociones? En palabras simples, “son reacciones psicofisiológicas que representan intentos de adaptarnos al medio. O lo que es lo mismo, son respuestas de nuestro cuerpo para intentar sobrevivir de la mejor manera posible ante estímulos internos y externos”[13]. Dicho de esta manera, en un sentido (metafórico) se podría decir que todas las emociones son, de hecho, nuestras guardianas. Nos informan de que algo en nuestro contexto no está funcionando correctamente para nosotros, y que debemos trabajar en ello para mejorar nuestra calidad de vida.


Una vez dicho esto ¿qué podemos hacer al encontrarnos en una crisis de desbordamiento emocional con conductas autodestructivas? Aquí unas estrategias generales para lidiar con comportamientos autodestructivos[14]:


1. Aplica la Aceptación Radical. Esto es reconocer tu situación actual, cualquiera que sea, sin juzgar los hechos ni criticarte a ti mismo. En su lugar, trate de reconocer que la situación actual existe debido a una larga cadena de eventos que comenzaron en el pasado lejano. La aceptación radical significa mirarte a ti mismo y a la situación y verla como realmente es. Una idea simple de esto es que no sirve de nada luchar contra el pasado; no podemos hacer nada para cambiar el pasado, así que solo queda aceptar (sin que eso signifique necesariamente validar) el presente.


2. Distracción de conductas autodestructivas. Hay una diferencia importante entre la distracción y la evitación. La evitación implica que uno hace lo posible por “alejarse” de lo que causa malestar y no afrontarlo. Para algunos, esto solo refuerza el malestar a largo plazo por un proceso de reforzamiento[15]. La distracción, por su lado, tiene la intención de afrontar la situación pero al estar emocionalmente más estable. Algunas formas de distraerte pueden ser:

· En lugar de lastimarte, sostén un cubo de hielo en una mano y apriétalo. La sensación del frío hielo adormece y distrae mucho.

· Grita lo más fuerte que puedas en una almohada o grita en algún lugar donde no llames la atención de otras personas, como en un concierto ruidoso o en tu auto.

· Llora. El llorar es mejora muchas veces porque libera hormonas del estrés.


3. Distráete prestando atención a alguien más. Puedes colocar tu atención en otra persona de algunas formas:

· Haz algo por alguien más. Llama a tus amigos y pregúntales si necesitan ayuda para hacer algo, como una tarea, ir de compras o limpiar la casa. Solo por poner unos ejemplos.

· Piensa en alguien que te importe. Mantén una foto de ellos en su billetera o en su cartera. Podría ser su esposo, esposa, padre, novio, novia, hijos o amigo, o podría ser alguien a quien admire.


4. Relajarse y calmarse uno mismo. Una vez tengamos un plan de distracción eficaz, podemos empezar a relajarnos nosotros mismos. Hay varias estrategias posibles para ello.

· Calmarse usando el olfato. Puedes encender velas perfumadas o incienso en su habitación o casa con un aroma que te agrade. O puedes acostarte en un parque local y oler la hierba y los olores al aire libre. Si sabes cocinar, puedes hornear una comida deliciosa para ti.

· Calmarse usando el oído. Escucha música relajante, o enciende la televisión y solo escúchala. Puedes igualmente poner un sonido de la naturaleza o el sonido del agua corriendo.

· Calmarse usando el sentido del gusto. ¡Come tu comida favorita! O disfruta de un helado, chicle, pudín o cualquier cosa que te haga sentir bien.


Sin duda, la aplicabilidad de estas estrategias será limitada. Si estás padeciendo de pensamientos suicidas o un exceso de emociones como la tristeza, entonces recurre a un terapeuta. Intenta, en la medida de lo posible, que tu terapeuta esté orientado a enfoques terapéuticos que hayan demostrado eficacia (en este punto el enfoque cognitivo-conductual y la activación conductual han sido las aproximaciones más eficaces empíricamente. Si han funcionado con miles de personas alrededor del mundo, ¿por qué no contigo?).



Apéndice: Señales de riesgo a identificar

Aquí enumero una lista de (algunas) señales que debes tener en cuenta para observar si alguien cercano a ti presenta riesgos de conducta suicida:

1. Verbaliza la idea de suicidarse. Algunas veces lo dicen en broma, pero eso puede estar escondiendo una red de sensaciones internas que, en realidad, pueden desembocar en conductas autodestructivas. Presta atención cuando alguien te dice que desea quitarse la vida.

2. Piensa constantemente en el suicidio.

3. Lleva a cabo preparativos para quitarse la vida.

4. Pierde interés en muchas cosas que suelen generarle afición.

5. Reconoce sentirse solo, aislado y se ve incapaz de aguantarlo o solucionarlo. Normalmente no ven una salida a su situación.

6. Se evidencian autolesiones.



[1] Tengo en mente a Peter Fosl, pero en el momento no puedo encontrar la referencia exacta. Pido disculpas por esto. [2] Cholbi, Michael, "Suicide", The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2021 Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL = <https://plato.stanford.edu/archives/win2021/entries/suicide/>. [3] Thomson, Judith Jarvis. "A defense of abortion." Biomedical ethics and the law. Springer, Boston, MA, 1976. 39-54. [4] [4] Cholbi, Michael, "Suicide", The Stanford Encyclopedia of Philosophy. [5] Ibídem. [6] Aristóteles, Ética a Nicómaco, trad. Roger Crisp (Cambridge: Cambridge University Press, 2000), 101–2. [7] Hecht, Jennifer Michael. Stay: A history of suicide and the philosophies against it. Yale University Press, 2013. p, 119. [8] Solomon, Andrew. El demonio de la depresión: Un atlas de la enfermedad. Edición actualizada. Debate, 2015. p, 12. [9] Ibid, 13. [10] Paulo Abreu, siguiendo a Charles Ferster, señala que la depresión puede verse como el resultado de un cambio de la frecuencia de conductas reforzadas positivamente y conductas reforzadas negativamente. Abreu, Paulo. Tratamiento de Activación Conductual BA-IACC para la Depresión. Manole, 2021. p, 29. [11] Matos, Jesús. Buenos días, alegría: cómo superar la tristeza y alcanzar el equilibrio emocional. Zenith, 2017. p, 20. [12] Ibid. [13] Matos, Jesús. Un curso de emociones. Ediciones Urano, 2020. p. 22. [14] Adaptado de McKay, Matthew, Jeffrey C. Wood, and Jeffrey Brantley. The Dialectical Behavior Therapy Skills Workbook. New Harbinger Publications, 2019. [15] Cuando hacemos algo que previene la presentación de un estímulo aversivo, la conducta se fortalece o se refuerza. Esto puede ocurrir tanto con estímulos internos —como las sensaciones físicas, los pensamientos o incluso las emociones— como con estímulos externos, como situaciones u objetos específicos que son amenazantes.

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