• Jesid A. Díaz

Pensamientos matutinos sobre Sola Scriptura

Decidí escribir una pequeña pieza sobre sola scriptura. Lo cierto es que aunque esté actualmente centrado en el Mero Cristianismo, esto no debería ser una restricción que no permita a católicos y protestantes avanzar poco a poco en sus diálogos ecuménicos. Así que aquí están algunos de mis pensamientos provisionales al respecto de si debemos afirmar o no Sola Scriptura.


En primer lugar, se debe tener en cuenta la naturaleza de este post. Estos no serán razonamientos definitivos, ni nada como eso. Por el contrario, será básicamente el intento de transmitir una serie de creencias personales (junto a algunas explicaciones de por qué me parecen ciertas), muchas de las cuales suelen ser muy difíciles de analizar y mucho más complicadas de comunicar. Pero puede que el resultado valga la pena.


Por otro lado, debemos hablar un poco sobre los temas más delicados de lo que divide al mundo Protestante de Roma o la Ortodoxia. Ciertamente se cree que la piedra de separación fue el reclamo de justificación por fe, pero ¿bajo qué autoridad se basaron los reformadores para este juicio? Es seguro que muchos pensaron que estaban retomando cierto pensamiento medieval, probablemente reflejado en Agustín de Hipona, pero presumiblemente el corazón de sus afirmaciones se encontraba en el Nuevo Testamento. Esto llegó al punto tal que hubo un desprendimiento de la tradición hasta el momento afirmada por la Iglesia Católica Romana y, por supuesto, el nacimiento de una gran proliferación de posiciones teológicas bajo el paraguas protestante que llega hasta hoy.


Así que es necesario compartir una serie de comentarios, algunos con apariencia inconexa con los otros, pero todos conectados con la conclusión final en mayor o menor medida. Y así comenzamos:


La historia inicia con la existencia de Dios. En el principio, Dios era. Y luego, habían muchas cosas diferentes a Dios y que debían su existencia a Dios. Este universo creado era intrínsecamente evolutivo, reflejado en el desarrollo y diversidad de la tabla periódica, donde el universo primitivo que consistía casi solamente en hidrógeno y helio, se ha desarrollado en lo que hoy tenemos: una acumulación fantástica de elementos. En esa colección de objetos contingentes estaba nuestro planeta, el planeta tierra, una roca flotante en el espacio sin nada especialmente llamativo, con un destino fatalista termodinámico como cualquier otra parte del universo. Pero en esta roca, dada las condiciones especiales que Dios había preparado en la singularidad inicial, surge la vida. Dios preparó el escenario cósmico para que la vida surgiera, ya sea en esta roca y posiblemente en muchos otros lugares del universo. E hizo esto ajustando las variables cósmicas al punto tal de que la vida sea realmente posible en el universo, y además, para que sus criaturas puedan reconocerlo en la creación, tanto por el origen del universo en el pasado finito como en el fenómeno de Ajuste Fino de las constantes físicas relevantes. En este mundo donde surgió la vida, la misma surgió siguiendo la “armonía natural” del resto de la creación: Lento, evolucionando. De formas de vida en un ancestro común, las especies se diversificaron con el tiempo dando pie a una taxonomía de formas de vida tan inmensa que el aliento nos es robado al contemplarla. La fauna y la flora, por supuesto, también tienen su lugar en este mundo evolutivo, un mundo que a Dios le pareció realmente bueno. Y en este Buen Mundo, un mundo con un valor de existencia objetivo, en algún momento de la historia de las especies éstas adquirieron habilidades cognitivas y metacognitivas, posiblemente reflejo de una complejidad adecuada de la materia que permitía el surgimiento de las consciencias humanas. Debido a esto, los humanos fortalecieron su sentido ya existente de rebaño y empezaron a crecer. Las sociedades comenzaron a ser mucho más funcionales, el lenguaje más articulado, las habilidades de caza mucho más sofisticadas. Y, por supuesto, había la capacidad de comunicarse entre ellos. Pero también había maldad en estas sociedades. El pecado había surgido casi a la par con la “vida cognitiva” relevante, así que Dios vio el escenario: Un mundo roto, separado de Él, determinado a una muerte cósmica con millones de existencias individuales fútiles y sinsentido. Así que Dios se comunicó. Dios, queriendo entablar una amistad con estos humanos, en algún punto de la historia se revela a un hombre de una familia politeísta. Le hace promesas a este hombre, promesas de un pueblo escogido, un pueblo que servirá de plataforma para traer al Nuevo Hombre que redimirá al mundo de la maldad y el pecado. Los siglos pasan y el pueblo que Dios había escogido se rebela constantemente contra Él. Esto frustra al Creador, por lo que manda jueces que juzguen al pueblo, y luego a profetas. Estos profetas escriben las demandas divinas, muchas de las cuales buscaban persuadir al pueblo de arrepentirse. Luego Dios también provoca ciertos eventos para que hayan diferentes documentos redactados, documentos que apuntalaban su revelación sobre este Nuevo Hombre. Pero este pueblo se siguió desviando una y otra vez, e incluso reinterpretaron su revelación cambiando el significado de quién era, o lo que era, el Nuevo Hombre. Pero cuando llegó el tiempo, aquel Hombre profetizado nació en un pesebre, predicó la llegada del Reino de Dios, y en la máxima expresión de rebeldía de este pueblo, mataron al Nuevo Hombre. Pero este Hombre era también Dios. Y se levantó de entre los muertos con poder y gloria, llenando de valentía a sus discípulos, los cuales llevaron su mensaje hasta los confines del Imperio Romanos, convirtiendo a miles. Este movimiento creció tanto, que sus líderes (o personas autorizadas por estos líderes) lo regularon mediante cartas enseñando su doctrina y dando indicaciones de conducta y ética. Más tarde cuando estos líderes murieron, el movimiento necesitó aún una guía. ¿El propio movimiento se podía guiar a sí mismo ahora que sus líderes habían partido con el Creador? Tal vez parcialmente. Desde siempre hubo un reconocimiento especial a la mayoría de documentos escritos que más tarde vendrían a ser el cuerpo canónico, un cuerpo reconocido generalmente como revelación divina a través de los líderes de dicho movimiento. Aún más adelante, se compilaron estos documentos junto a otros documentos del pueblo que traicionó a Dios. ¿El resultado? Las Sagradas Escrituras. Estas Escrituras necesitan ser bien interpretadas, por supuesto, pero esto no podía ser tan fácil. Ciertamente es claro que hubo un significado objetivo de estos documentos, y el significado es lo que los autores, o el Autor divino, originalmente querían transmitir (es posible que algunas veces los autores humanos no entendieran lo que escribían, pero Dios, claro, sí lo hacía). De esta forma Dios decidió revelarse a los humanos; de una forma humana. Pero los miembros de este movimiento empezaron a discutir los posibles significados de los documentos, dando pie a separaciones menores (y algunas veces no tan menores) sobre diferentes temas. Estas divisiones, en cierto sentido, recuerdan a la rebeldía del Antiguo Pueblo, pero no es reducible a esto. Más bien, las divisiones en este sentido son producto de la libertad de agencia de las personas que leen libremente los textos inspirados y que tienen que tomar decisiones responsables para darle sentido a estos textos inspirados según lo que ya saben de Dios y de la vida en general. En ese sentido, no se puede despreciar las divisiones del Movimiento sin despreciar a su vez la libertad que los lleva a tales divisiones. Pero hacer esto es una expresión de nihilismo moral inaceptable; implica que debemos despreciar la libertad que Dios encontró valiosa para tener relaciones personales con nosotros, y de hecho, implica despreciar todas las elecciones morales que hacemos en el día a día y que somos conscientes que podemos hacer otra cosa. Así pues, despreciar las divisiones implica despreciar incluso nuestra relación con Dios en primer lugar y nuestras relaciones con el prójimo o el carácter moral de las personas. Dios, bueno, encuentra más valiosas a las personas que a sus creencias equivocadas, por lo que puede tolerar amplios errores así como un padre tolera los errores de sus hijitos pequeños mientras los enseña por el camino.


Hasta aquí la historia. Como el lector informado habrá notado, este relato está grotescamente simplificado en casi todos los temas que toca; en defensa del relato, debe decirse que esperar lo contrario sería disparatado. Es, después de todo, solo una historia posible, una historia que según sé es probablemente cierta (aunque estoy seguro que es imperfecta en muchos sentidos, tal vez con algunas imprecisiones aquí o allá). Y es una historia fundamentalmente de la autoridad de los cristianos; cómo los cristianos dependen de estos documentos para definir su doctrina y eso es todo lo que necesita Dios para una revelación exitosa. De hecho, no reclamo que esta historia es definitiva o demostrablemente cierta (puede serlo, pero no lo persigo aquí). Solo la presento como un relato inteligible y que muestra cómo una historia de la Autoridad cristiana de esta forma presenta a Dios como un comunicador exitoso, aunque el éxito no implique la uniformidad de las interpretaciones de la Biblia. De hecho, es probable que muchos encuentren objetable la “decisión divina” de mi relato de tolerar las divisiones por el bien de la libertad (o tal vez encuentren más objetable la última sección en general). Pero como dije, la libertad parece una condición necesaria para cualquier relación real que implique afecto o intercambio, por lo que sacrificar esta libertad puede tener resultados desastrosos para nuestra teología y para nuestro sentido común. Incluso para nuestra brújula moral al tomar decisiones cotidianas sencillas. Para mí esto es un sacrificio que no vale la pena solo por tener un esquema bien organizado y fijo de creencias, o un escaparate cognitivo elegante, en la Iglesia Cristiana. Pero como casi siempre son las cosas en estas discusiones, es el lector el que debe decidir qué relato se le hace con mayor sentido.


Es debido a este tipo de consideraciones que no me sorprende mucho cuando se critica al protestantismo por permitir tantas interpretaciones: No veo que las alternativas sean mejores. Esto permite comentar un punto adicional, a saber: ¿No podría Dios hacer las cosas mejor? Un Dios perfectamente sabio u omnipotente bien podría hacer las cosas mejor que en este mundo respecto a la profundidad y cantidad de divisiones en la Iglesia. En respuesta señalo dos cosas. Primero, ¿qué tipo de mundo sería el reemplazo de este donde Dios haga “las cosas mejor”? ¿Mejor respecto a qué? ¿Cuántas diferencias deberían no existir para hacer “las cosas mejor”? Esto permite ver que, tal vez, este mundo sí sea donde las cosas “son mejor”, dado que podemos imaginar mundos donde las divisiones son realmente mucho peores. Además, ¿cómo debería trabajar Dios en este mundo de reemplazo? Presumiblemente, las características de un mundo así deben ser apropiadamente similares a las del mundo actual para que los antecedentes puedan darle sentido a los consecuentes. Y Dios probablemente haría lo mismo a lo que hace en este mundo (¿por qué no?). Así que es difícil esperar en realidad cualquier mundo de reemplazo que sea significativamente mejor que este de forma tal que valga la pena crear ese en lugar de este.


En segundo lugar, y asumiendo que la objeción tenga fuerza y que Dios sí puede hacer las cosas mejor, ¿a qué costo lo haría, de todas formas? Un magisterio infalible no parece una mejor opción por la simple razón de que en tal escenario habría poca o nula esperanza de corrección doctrinal o pastoral. Una respuesta fácil a esta segunda respuesta es que la idea de “corrección” quiere decir que hubo un error en primer lugar, pero eso es imposible con un magisterio infalible. Pero esta respuesta plantea el punto: ¿Cómo sabemos que este magisterio es en realidad infalible? Pensemos en tres formas:


  • a. Por fe. En este caso, la disposición epistémica al magisterio será creída por un acto de fe. Es respetable, pero por sí solo no es vinculante para ninguna otra persona además de la que hace el acto de fe. Así que no interesa a nuestros propósitos.


  • b. Por evidencias. Supongamos que hay un acumulado de evidencias razonables que indican que el magisterio es realmente infalible. No sé cómo se puede probar esto de forma vinculante, pero asumamos que hay alguna forma de hacerlo. En este caso, incluso hay cierto margen de decisión en las decisiones que hacemos respecto a las premisas y a la aceptación de argumentos. Dialécticamente hablando, debo estar de acuerdo con George Mavrodes en que muchos argumentos filosóficos deben ser "relativos a la persona": serán convincentes para algunas personas, y algunos grupos de personas, dependiendo de qué premisas y qué modos de razonamiento estén dispuestos de antemano a aceptar. A veces, sin duda, las diferencias de este tipo están sujetas a argumentos razonables, pero la experiencia muestra que a menudo no se logra el consenso.


  • c. Por una creencia propiamente básica. Una vez más, en lo personal, la existencia fáctica de divisiones reales ejercidas libremente cuenta como derrotador de una creencia propiamente básica de este tipo, pero no puedo esperar lo mismo de los convencidos fieles del magisterio. En tales casos, parece haber solo un punto muerto epistémico, un choque de creencias propiamente básicas.


Todo lo que he dicho han sido solamente reflexiones personales de por qué se me hace sentido pensar en una revelación proposicional que no incluya un magisterio infalible, pero ¿qué de la tradición? Aquí no tengo mucho más que ofrecer, pero si hay una razón por la que la tradición no me puede parecer autoritativa, es simple:


Afirmo plenamente la promesa de Jesús (Juan 15:13-14) de que el Espíritu Santo guiaría a los discípulos a la verdad sobre él. Por lo tanto, debemos esperar que el Espíritu ha estado trabajando para hacer esto a lo largo de la historia de la iglesia, y esto significa que debemos respetar las conclusiones a las que la iglesia ha llegado en relación con la verdad sobre Cristo. Supongo que esto parece al menos apoyar alguna plausibilidad inicial a la idea de la tradición infalible o autoritativa. Sin embargo, el problema con la visión de la tradición infalible, diría, es que simplemente no encaja con los hechos de la historia. Creo que el Espíritu Santo ha estado trabajando, pero de eso no se sigue que el Espíritu haya concedido infalibilidad a la iglesia o a cualquiera de sus instrumentos. Creo que la historia muestra que las ideas de la iglesia infalible, el Papa infalible, incluso los infalibles concilios ecuménicos, se han desarrollado gradualmente a lo largo de muchos siglos; no estaban ahí desde el principio, como lo requiere esta visión de tradición infalible (sobre este requisito véase el párrafo siguiente). Así que veo la tradición como un recurso inestimable e indispensable en la búsqueda de una mejor comprensión de la verdad cristiana, pero no nos ahorra el esfuerzo de pensar las cosas por nosotros mismos, y de ser necesario, alejarnos de algunos puntos dudosos de la tradición.


Supongo que tiene mucho sentido decir que es difícil pensar en cómo algo que no era infalible se convierte en infalible después de que un grupo de obispos, el Magisterio de Roma, o el Papa, lo declare así. Si algo es infalible, pero hubo un momento donde no lo fue, ¿cómo podría llegar a serlo en primer lugar? Esto me suena a decir que algo metafísicamente necesario fue alguna vez contingente en su pasado, lo cual es notablemente absurdo. Una alternativa es afirmar que todo lo que se declare ha sido siempre infalible, pero que se reconoce como tal gradualmente (tal vez de forma similar a las verdades de revelación bíblica). Pero entonces se enfrentan al problema de “usurpación causal”: La idea parece ser que los Obispos solo "descubren" la verdad infalible mientras la decretan parecido a cómo la Iglesia Primitiva descubrió el canon infalible. Creo que un católico no querría afirmar eso por una simple razón: Entonces la Iglesia no es infalible. Lo que es infalible es la doctrina. Para que la Iglesia sea infalible, necesita tener cierto poder causal para decretar doctrinas infalibles. Pero si solo "descubren" las verdades infalibles, entonces su papel es solo instrumental. Creo que esto reduce al absurdo la posible réplica. Otra opción es decir que su infalibilidad consiste en el discernir infaliblemente las doctrinas infalibles. Simplemente no veo que eso sea necesario en absoluto: Es igual de plausible que una causa infalible [Dios] provoque un resultado infalible [doctrina] por un medio falible [Iglesia]. Por supuesto, esto se diferencia de la infalibilidad del texto bíblico en que el texto solo es inspirado en la medida de que refleja lo que Dios mismo dijo; afirmar que es lo mismo en el caso de un conjunto de obispos o de cualquier institución parece demasiado extravagante por sí mismo. Pero seguramente algunos lo encontrarán aceptable (tal paridad epistémica, sin embargo, abre las puertas a otros problemas que no perseguiré aquí).


Supongo que en este punto es importante aclarar lo que se quiere decir, ya que seguramente las afirmaciones de que estoy malinterpretando el concepto vendrán a la mesa. Pero en realidad lo que he hecho es explorar algunas alternativas, sin garantizar que cualquiera pueda seguir las mismas líneas que he expuesto aquí. Por supuesto, cualquier diferencia importante debe ser tal que se distancie de las objeciones. Dudo que esto pueda hacerse por la naturaleza misma del argumento principal, pero tal vez sí se pueda.


Otro punto a considerar es si la Escritura y la Tradición están entrelazadas, y la única forma de saber que la Escritura es inspirada se debe a la Tradición. Este punto ha sido hecho, hasta donde sé, por pensadores como Alexander Pruss y Richard Swinburne, apuntando a la supuesta circularidad de Sola Scriptura. Pero como William Lane Craig ha aclarado, se debería distinguir entre dos preguntas diferentes:


  • 1. ¿Qué enseña la Biblia en cuanto a la naturaleza y los efectos de la influencia bajo la cual está escrita?

  • 2. ¿Es la Biblia lo que dice ser?


La primera es una cuestión doctrinal; la segunda es una pregunta apologética.[1] Craig declara:


No es en absoluto viciosamente circular indagar sobre la doctrina de la Escritura de las Escrituras y concluir que la Escritura enseña que es divinamente inspirada (la primera pregunta). A diferencia del presuposicionalista, aquí no nos preocupa cómo llegamos a estar justificados al creer en las afirmaciones cristianas de verdad (la segunda pregunta). Más bien, simplemente queremos preguntar cuáles son esas afirmaciones de verdad. Es indiscutible que la teología cristiana históricamente ha mirado a las Escrituras como la fuente básica de su contenido doctrinal. Dado que las Escrituras son las normas normativas (norma determinante) de la doctrina cristiana, queremos saber qué enseñan las Escrituras con respecto a las Escrituras y, por tanto, qué tiene que decir la religión cristiana sobre sus fuentes normativas. Más adelante podemos plantearnos la cuestión apologética de si la creencia en esa doctrina puede estar justificada y / o de qué manera[2].

Ahora bien, esto no quiere decir que Sola Scriptura sea demasiado fácil de aceptar como cierta. Hasta este momento no la he definido, por la simple razón de que no ha sido necesario. Hasta ese punto mis argumentos solo buscan establecer que alguien que sostenga que la Biblia es la autoridad infalible, sin otra autoridad infalible que también sea Palabra de Dios, es bastante racional en hacerlo. Pero ¿qué es Sola Scriptura?


Sola Scriptura, sugiero, se puede entender de tres formas: Como principio epistemológico, como declaración y como lema. Como declaración de fe, un ejemplo podría ser la pronunciación de la Confesión de Fe de Westminster, que dice:


“La autoridad de la Sagrada Escritura, a la cual se debe creer y obedecer, no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia, sino exclusivamente de Dios, que es la verdad misma, el autor de ella, y luego debe recibirse porque es la Palabra de Dios. Podemos ser movidos o inducidos por el testimonio de alta y reverente estima de una iglesia por la Sagrada Escritura, pero en relación a nuestra completa persuasión y seguridad en la verdad infalible y de la autoridad divina se debe al trabajo interior del Espíritu Santo dando testimonio por y con la palabra en nuestros corazones
“No todas las cosas de la Escritura se presentan con claridad para todos. Pero aquellas cosas que es necesario conocer, creer y observar para la salvación son propuestas de modo tan claro y abierto en algún lugar de la Escritura que no sólo los instruidos, sino también los ignorantes usando medios ordinarios, pueden entenderlas”.

Como declaración, CFW solo registra el pensamiento protestante de los redactores de la Confesión. Esto es compatible con una formulación de Sola Scriptura en forma de principio o de lema. Como principio, Sola Scriptura es más bien una especia de punto rector epistemológico sobre las creencias autorizadas del cristiano:


  • · (SS) la Escritura es la única autoridad pública y última en cuanto a las cuestiones de fe de las que habla.


Por pública, quiero decir disponible en principio para cualquier adulto normal con sentidos que funcionen correctamente. Aquellos que están severamente discapacitados física o mentalmente no estarían cubiertos en esta definición. Y los que no tienen actualmente acceso a las Escrituras por sus circunstancias (por ejemplo, una niña criada en una comunidad musulmana estricta) pueden, en principio, encontrarlas.


Por último, quiero decir que no hay ninguna otra autoridad a la que se pueda apelar que anule la enseñanza clara y coherente de las Escrituras en materia de fe: ni la tradición, ya que la tradición es de un nivel inferior de autoridad, ni la razón, ya que el papel de la razón no es emitir doctrinas específicas, sino evaluar las pruebas (incluidas las pruebas con respecto a la interpretación) y determinar la coherencia o incoherencia lógica[3].


Como lema, puede ser más o menos diferentes formas de expresar algo importante, tal vez algo como esto: cuando se contradicen en algún asunto importante, la Escritura debe triunfar sobre las tradiciones posteriores. La Escritura, tal como la tenemos, es suficiente para guiar nuestra creencia y nuestra práctica, o al menos, más suficiente que cualquier otra fuente.


En lo personal, me parece que ver SS como lema es la mejor forma de hacerlo. Como lema, permite no molestarnos en buscar tediosas formulaciones exactas, o recapitular cada página de la historia en búsqueda de lo que los reformadores quisieron dar a entender. Así que, aquí está lo que afirmo, y lo que creo que es suficiente para mi teología:


  • La Escritura, interpretada plausiblemente según lo que los autores humanos y Divino creían, tendrá el triunfo si es que entra en contradicción con las tradiciones posteriores.


Este lema ¿es cierto? Bueno, es difícil saber cómo un eslogan puede ser cierto o falso. Pero seguramente la motivación detrás de esa expresión, motivación defendida en todo este documento, parece eminentemente plausible. Y al descartar las hipótesis competitivas (como he ilustrado antes sobre por qué no creo que la tradición o el magisterio puedan ser infalibles), entonces parece que un cristiano simplemente puede leer estas líneas y decir “es cierto”.


Con esperanza,

J.




[1] Craig, “Grounds for Belief in Biblical Inspiration”, Q&A #713. [2] Ibíd. [3] Esta definición me fue otorgada por Tim McGrew. Aquí se reutiliza como principio.

310 visualizaciones6 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo